En un banco de París Tabucchi encuentra este poema de Pessoa y empieza todo: así.

Tabaquería
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.

Álvaro de Campos

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DANIIL JARMS, STALIN Y EL CASO DE LOS ESCRITORES PARA NIÑOS

El que hoy en día podamos leer Me llaman Capuchino, (Automática Editorial, 2012) de Daniil Jarms, es uno de esos milagros que, solo de vez en cuando, la historia concede a la Literatura. Y es que en 1928, con la consolidación de Stalin en el poder, se produjo la nacionalización de todas las editoriales y revistas privadas y se decretó el «realismo socialista» como arte único y oficial del estado soviético. Esto significó la persecución y el fin de los escritores de la vanguardia rusa, entre ellos Jarms, que a partir de ese momento y, como tantos otros autores, quedó definitivamente proscrito.

Daniil Kharms

Daniil Jarms es uno de los más de treinta pseudónimos que Daniil Ivánovich Yucachov (San Petersburgo 1905 – Leningrado 1942), escritor de la vanguardia rusa, utilizó a lo largo de los años. Jarms fue un poeta zaum del cubofuturismo(corriente resultante de la interacción entre los poetas futuristas y los pintores cubistas), un anticuentista que renovó de la tradición popular rusa del skaz (tipo de composición narrativa de cuentos populares de autores como Gogol) y uno de los creadores del teatro del absurdo.

 En diciembre de 1931 se pone en marcha el llamado «caso de los escritores para niños» en el que se acusaba a ciertos autores de instigar una conspiración antisoviética que, mediante cuentos y poemas, pretendía pervertir a la juventud del régimen. Hasta ahí llegó el absurdo estalinista. Jarms fue detenido y condenado a tres años de trabajos forzados, pero gracias a la mediación de su padre, antiguo activista revolucionario, se le conmutó el castigo por el destierro a Kursk.Leer más »

El silencio impostor de la casualidad

Me doy cuenta de que hace más de un mes que no escribo aquí. Y descubro, como por casualidad (¿?), que las dos últimas entradas reblogueadas llevan en el título la palabra silencio. Todavía no tengo una opinión formada sobre las casualidades, pero lo que es seguro es que esa tendencia del ser humano a poner en duda su existencia tiene mucho que ver con que hay otros personajillos (las causalidades), a los que les gusta travestirse de casualidades y salir a la calle a buscar líos en los que meterse.

Conscientes de su parecido físico con las excéntricas casualidades, las causalidades no quieren dejar pasar la oportunidad de suplantarlas pero, a la vez, saben que su comportamiento no es el mejor y, con el afán de ser justos (en el fondo son buena gente), van dejando pistas. ¿Con esto qué estoy intentando decir? Bueno, pues que esos dos «silencios» en los títulos de mis últimas entradas son las pistas que indican que lo de no haber escrito en más de un mes no ha sido una casualidad.

Pero… Leer más »

Vargas Llosa sobre Onetti

El martes fui a la Fundación Juan March porque, en el contexto del ciclo de conferencias Nombres de Latinoamérica, ofrecían una charla entre Mario Vargas Llosa y Juan Cruz sobre Juan Carlos Onetti. Escuchar a Llosa disertar sobre casi cualquier tema es siempre un gustazo, pero si encima se pone a hablar de Onetti… ¿Qué os puedo decir? Salí encantada.

En 2008 Vargas Llosa escribió un ensayo titulado El viaje a la ficción (Alfaguara), en el que analiza todas las novelas del escritor uruguayo  y algunos de sus cuentos. Desde el martes, ese libro ha pasado a engrosar mi lista infinita de lecturas pendientes.

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Una de las opiniones más interesantes de Llosa consiste en la consideración de Onetti como introductor de la modernidad en la narrativa latinoamericana. Según el novel, con su primera novela, El pozo (Punto de lectura, 2007), escrita en 1939, Onetti demuestra que es un adelantado a su tiempo, ya que en ese momento la literatura latinoamericana era criollista, indigenista; localista, al fin y al cabo. La clave de esta modernidad consistiría en que Onetti fue el primero de los escritores latinoamericanos en recoger la influencia de William Faulkner, que más tarde impregnaría a otros autores como Gabriel García Márquez, Juan Rulfo y el propio Vargas Llosa. Y es que Faulkner creó una técnica narrativa tan eficaz para narrar historias del mundo latinoamericano (construcción de los puntos de vista, organización del tiempo, enfoques narrativos…) que esa influencia era inevitable. Otra influencia de Onetti, quizás esta aún más evidente que la anterior, fue Louis-Ferdinand Céline. El uruguayo fue uno de los pocos escritores del cono sur que dio a Céline el valor que merece. También fue un lector incansable de Marcel Proust y James Joyce, lecturas que supo aprovechar en su escritura de una forma creativa y original. Leer más »